"Cuando el cielo quiere salvar a un hombre, le envía amor" Lao-Tse. Que el amor sea tu única guía, sin mapas, sin dogmas, sin maestros, sólo amando...
Sospecho que hoy empiezo a Ser Canción, si seco un llanto. Y la canción con alma echó a volar y desde entonces los dos, vivieron más despacio, a pesar de su tiempo y de su espacio. Y un día como lluvia, ellos caerán y mojaran todo y su misterio crecerá verde sobre el mundo" Silvio Rodriguez.

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miércoles, 20 de julio de 2011

No me importa esperar





Pero ahora, los sonidos se volvían más y más claros y brillantes. Momo intuyó que era esa luz sonora la que hacía nacer de las profundidades del agua negra cada una de las flores de forma cada vez diferente, única e irrepetible.

Cuanto más escuchaba, más claramente podía distinguir voces singulares. Pero no eran voces humanas, sino que sonaba como si cantaran el oro, la plata y todos los demás metales. Y entonces aparecieron como en segundo término voces de índole totalmente diferente, voces de lejanías impensables y de potencia indescriptible. Se hacían cada vez más claras, de modo que Momo iba entendiendo poco a poco las palabras, palabras de una lengua que nunca había oído y que, no obstante, entendía. Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y en esos nombres estaba decidido lo que hacen y cómo colaboran todos para hacer nacer y marchitarse cada una de esas flores horarias.

Y, de pronto, Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella. Todo el mundo, hasta las más lejanas estrellas, estaba dirigido a ella como una sola cara de tamaño impensable que la miraba y le hablaba. —Maestro Hora —murmuró—, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es... —buscó la palabra adecuada, sin encontrarla— ...tan grande —dijo por fin.

—Lo que has visto y oído, Momo —respondió el maestro Hora—, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero sólo puede llegar a él quien se deja llevar por mí. Y no se puede ver con ojos corrientes.
—¿Dónde estuve, pues?
—En tu propio corazón —dijo el maestro Hora, y le acarició el revuelto pelo.
—Maestro Hora —volvió a murmurar Momo—, ¿Puedo traerte también a mis amigos?
—No —contestó—, no puede ser, todavía.
—¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo?
—Hasta que tú misma quieras volver con tus amigos.
—Pero, ¿puedo contarles lo que han dicho las estrellas?
—Puedes, pero no serás capaz.
—¿Por qué no?
—Porque todavía han de crecer en ti las palabras.
—Pero quiero hablarles de eso, a todos. Quiero poder cantarles las voces. Creo que entonces todo volvería a estar bien.

—Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.
—No me importa esperar.

—Esperar, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?
—Sí —murmuró Momo.
—Pues duerme —dijo el maestro Hora, pasándole la mano por los ojos—, duerme.



Y Momo tomó aliento, profundamente feliz, y se durmió.



En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos en los que algo mágico sucede






—Esto —dijo el maestro Hora— es un reloj de horas astrosas. Muestra con gran precisión las horas astrosas, y ahora acaba de comenzar una.

—¿Qué es una hora astrosa? —preguntó Momo.

—En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos —explicó el maestro Hora— en que las cosas y los seres, hasta lo alto de los astros, colaboran de un modo muy especial, de modo que puede ocurrir algo que no habría sido posible ni antes ni después. Por desgracia, los hombres no son demasiado afortunados al usarlas, de modo que las horas astrosas pasan, muchas veces, sin que nadie se dé cuenta. Pero si hay alguien que la reconoce, pasan grandes cosas en el rnundo.

—Puede ser —opinó Momo— que para ello se necesite un reloj así.

El maestro Hora negó, sonriente, con la cabeza:

—El reloj solo no serviría de nada. También habría que saber leerlo.